La necesidad de ser profetas hoy en día!

Homilia por el XV Domingo de Tiempo Ordinario, Año B.

Prophet Amos, Sistine Chapel.

Hoy en día, viviendo en el siglo XXI, escuchamos muchas voces.  Recibimos, más que nunca en nuestro alrededor, un montón de opiniones, comentarios, y charlas sobre varios temas.  Buscamos expertos en todas partes.  La tradición bíblica nos extiende otra manera de pensar, entender, y vivir: no por hacernos expertos técnicos, o personas desconectadas de los asuntos del corazón y de la mente:  al contrario, las lecturas de hoy nos llaman a ser testigos de Cristo en el mundo.  Es fácil reducir el mensaje de Cristo y de la iglesia a una fórmula, y aunque es muy importante que sepamos varias cosas, como los Diez Mandamientos, las virtudes, y más, es también importante, de hecho imprescindible, que demos testimonio a lo que profesamos.

El profeta Amós es un ejemplo de esto.  Leemos que no era profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos.  No obstante, el Señor lo sacó de junto al rebaño y le dijo, “profetiza a mi pueblo, Israel”.  Entendemos, entonces, que los requisitos de ser profeta son sencillos: hay que tener una llamada interior y personal de Dios, y también tener en la mente y en el corazón las palabras de Dios.  Entonces, hay que proclamarlas.

Vemos esto también en las palabras de Jesús.  Demanda que los discípulos no tengan ni pan, ni mochila, ni dinero, no porque el pan, la mochila o el dinero son malos, sino que quiere que sus discípulos centren en lo que tienen dentro de ellos: es decir, el mensaje de Jesús.  Eso es lo más importante.

Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Qué me impide de ser profeta?  Ya recibimos la llamada cuando fuimos bautizados.  De hecho, somos profetas, llamados a dar testimonio, estemos donde estemos.  El Señor, por no permitir que sus primeros discípulos lleven consigo varios artículos, nos enseña también sobre los obstáculos que experimentamos en nuestro trabajo evangélico.  Sobre todo, nos advierte que no estemos atados a los adornos del mundo, que se pasa.

Cuando somos testigos, con santa libertad, libres de las cosas que nos impiden de ser profetas, ¿qué pasa?  Vemos los efectos en el mismo Evangelio.  Los discípulos salieron, proclamando un mensaje de arrepentimiento, y expulsando a los demonios.  También, curaron a los enfermos.  Estos tres fenómenos tienen una relación fuerte.  Primero, como profetas, debemos proclamar un mensaje de arrepentimiento: es decir, predicar que es necesario que abandonemos las cosas que no sean Dios, o sean menos que Dios.  No quiero decir que debamos abandonar a nuestros amigos, familia, y las cosas buenas de este mundo.  Sin embargo, el Señor nos pide que no hagamos ídolos de estas cosas.  Segundo, como profetas, expulsamos a los demonios.  Luchamos contra el espíritu del mal, y las fuerzas de la oscuridad en el mundo.  Hacemos esto por nuestro comportamiento, pero también por hablar de manera clara de lo bueno y de lo malo.  Esto es el deber de un profeta; y cuando hagamos un llamamiento a arrepentirnos, abrimos una puerta al Espíritu de Dios.  Tercero, los discípulos curaron a los enfermos.  Cuando nosotros mismos proclamamos el mensaje de Cristo, y luchamos juntos contra las fuerzas de la oscuridad, le damos paso a la acción curativa del Espíritu de Dios.  El pecado y el mal nos hieren.  La gracia de Cristo nos cura.  Vemos entonces que el fin de ser testigos y profetas es la curación del mundo, y de personas humanas.

Es fácil excusarnos de este gran destino, de ser profetas.  Siempre hará obstáculos, penas y dificultades.  Pero vale la pena, porque es el camino de Cristo, y si nosotros, quienes somos llamados a este camino, no lo hacemos, ¿Quién lo hará?  El mundo nos espera, y anhela las palabras de Cristo.  Que no seamos mudos. Amén.